Albert Einstein

"El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo Arte y Ciencia verdaderos". Albert Einstein.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Corazón de Lágrimas

   Confundido, desorientado por tales sucesos acontecidos, se hallaba de nuevo sumido en la noche eterna, como comprender todo lo que acababa de acontecer, no tenía lógica alguna. 



   De pronto, se desató la locura en aquel lugar, todo lo que antes se había hallado en una quietud absoluta, empezaba a desquebrajarse, como si de un rompecabezas se tratara. Infinidad de colores empezaban a asomar entre ellas, iba acompañado por el rechinar más agudo y molesto que jamás hubiera escuchado. A cada segundo que esto sucedía, la distancia entre la oscuridad restante, se iba disipando a mayor velocidad y como consecuencia el molesto chirriar aumentaba. Empezaba a pensar que reventaría, no lo soportaba más. A medida que el tiempo pasaba, podía escuchar con mayor claridad aquella voz que había reconocido anteriormente. 
   Cada vez tenía ante sí un panorama más colorido aún, todo tipos de colores iban cerrándole el paso. No tenía la más remota idea de lo que estaba pasando; aquella paz que había experimentado anteriormente había desaparecido por completo, dejando a su alrededor un caótico paisaje. Su cabeza daba vueltas. 
   No todo era negativo en aquél caos, al igual que en los instantes en los que había recobrado sus recuerdos, ahora, cuanto más lo absorbía aquel remolino, empezaban a restablecerse todos sus sentimientos, todo lo que antes de alguna manera, había perdido; sus miedos, locuras, odio, amor, pasión… Era como si adquiriera todos los dones que pueden obtenerse en una vida larga y plena en milésimas de segundo. "Que locura"…pensó.

  
    Cómo si de un sueño se tratara, todo paró. Ya no se encontraba en el mismo lugar, podía sentir un lacerante dolor en su espalda, punzadas tremendas en su cabeza, y un intensísimo dolor en el pecho. Sin duda alguna se hallaba en algún recóndito lugar de su mente, estaba dentro de sí mismo. Sentía náuseas, no podía respirar o al menos eso es lo que aparentaba. Era una sensación horrible, nunca antes, ni si quiera cuando sucumbió al cálido abrazo de la muerte, había vivido tan macabra situación. Intentó serenarse y estar atento, agudizó todos sus sentidos lo máximo que pudo y pudo oír nuevamente su dulce voz. Sintió una gran tristeza, por todo lo ocurrido, observó que debía de estar tendido sobre un suelo húmedo, y tenía la sensación de que sus ropas estaban totalmente empapadas, quizá fuese por eso, por lo que tuvo la sensación de que llovía o que mínimamente había llovido, no hubiera podido decir a ciencia cierta que estuviera lloviendo, lo cierto, es que pudo sentir que cayeron unas gotas sobre su rostro, podría responder esto a su interrogante. "Está lloviendo", pensó. 
    Poco a poco se fue topando con ruidos y sonidos conocidos. Fue recuperando su tacto y pudo sentir el rasposo y frío tacto del alquitrán de una, ¿carretera tal vez? 
    Posteriormente, recuperó el sentido del gusto, sintió resbalar aquellas gotas, que con anterioridad impactaron en su rostro, de lo que él había pensado que era el agua de lluvia en un principio. Sin embargo, cuando aquellas gotas contactaron con su seca lengua, no apreció el sabor dulce del agua de lluvia si no que, aquel sabor, tenía más bien un gusto salado. Cuando esto se produjo, pudo sentir algo en lo más hondo de su corazón. Este, como si de un desfibrilador se hubiera tratado aquellas pequeñas gotas, habían causado que, el órgano, el cuál, los antiguos griegos creían que se hallaba ubicado los sentimientos, despertara de su letargo. Comenzaba a latir de nuevo, antes muerto, ahora vivo, ese era el hilo que sustentaba en aquellos instantes su ser. Despacio, pero como si no tuvieran prisa por despertar, sus ojos, antes postrados, empezaron a volver a sus sitios respectivos, sus párpados empezaron una pelea contra la gravedad, para despertar de nuevo.
   
   Alguien le zarandeaba, intentando su resurrección. A pesar de que estaba a las puertas de lograrlo, lo hacía con tanta fuerza que pareciera que había perdido cualquier esperanza. Mientras tanto, él, se debatía en una lucha tremenda para conseguirlo y a pesar de que al principio no era partidario de aquello, en el instante en que aquella lágrima había rozado sus labios, resbaló por sus dientes y saboreó su lengua, algo, dentro de él, había cambiado, quizás guiado por ese instinto, su corazón había empezado una lucha que debería haber perdido, era un milagro.
   
    Al tiempo, ya podía sentir prácticamente todo a su alrededor. Pudo adivinar el calor de los cuerpos que le rodeaba, debía de haber cinco o seis personas, y una en concreto que se hallaba justo a su lado, golpeándole desesperadamente y gritando con angustia su nombre. 
    
    Quería despertar, luchaba, fue en aquel instante cuando erradicó por completo la pequeña parte de su ser que todavía se resistía a volver, empezó a sentir frío. De la manera que lo pudo sentir, ya que no era un frío total, si no focalizado en algunas partes de su cuerpo, debía de tener rasgadas parte de sus ropas como mínimo, el aire le producía un gran dolor en el pecho, justo al lado de su corazón, fruto de una gran herida que debía tener y su espalda estaba hecha trizas, estaba absorto en todos estos pensamientos, cuando de pronto, como si de un ángel se tratase, pudo sentir sus cabellos sobre su cara y su olor característico, ¡qué olor! Le hacía sentir vivo, desencadenó sobre él un hecho inexplicable y por vez primera en su vida, experimentó su nuevo nacimiento, abrió los ojos. Únicamente podía ver figuras borrosas y un rostro situado sobre el suyo. Tenía la vista nublada, se sentía mareado y sentía en su boca aún seca, un sabor metálico mezclado con un delicado sabor salado; sin duda ese sabor pertenecía al hierro de la sangre, de su sangre.
    
   Fijó sus ojos en un punto, los ojos de ella. No podía dejar de mirarlos, estaba absorto, se quedó perplejo. Durante un largo rato pareciera que se hubieran quedados solos en medio del mundo, rodeados por la nada. Al ver esta reacción, ella se sorprendió, quedando patidifusa al ver que había vuelto. Fue entonces, cuando los ojos ya claros, sin atisbo del nublamiento que había sufrido anteriormente, conectaron ahora sí, con fuerza, en los suyos. 
   Como no tenía apenas fuerzas para hacer nada y aún menos para hablar, intentó expresarle por medio de esa mirada clara y contundente, todo lo que sentía por ella y por supuesto para pedirle perdón. Su bonita cara, pálida por lo acontecido  y su ojos vidriosos, arrancaron a llorar desconsoladamente y le asintió, queriéndole decirle que no se preocupara por nada. Se recostó al lado suya, sin mediar palabra, deslizó su rostro al lado de su oído, y en un mero susurro como si del aire se tratara, sus palabras volaron a través de su oído, llegando hasta su tímpano, que sonido más admirable, era como un hechizo, sintió volar, le acababa de expresar todo lo que sentía ella por él, sonrió levemente. Ella levantó su rostro, sus grandes y bonitos ojos castaños le miraban. Una lágrima le brotó de cada uno de sus ojos, le surcaron su redondeada y bella cara: La primera de ellas bajó por su mejilla izquierda, llegó hasta su barbilla y cayó sobre su frente, la otra partía de su ojo derecho, resbaló por su redondeada y graciosa nariz y cayó justo en la suya, podía oler su dolor, su tristeza, en definitiva como se sentía. 
    Volvió a bajar su rostro, su larga y castaña cabellera cayó sobre su cuello creándole algunas cosquillas, pero no hubo tiempo para reparar en ello, porque sus labios se acercaban peligrosamente hacia los suyos, contactando suavemente primero sobre sus mejillas y más tarde acariciando dulcemente sus propios labios, era tan feliz, no cabía en él. Nunca se había sentido tan feliz y tan dichoso de poder vivir como en aquel preciso instante, y quizás nunca jamás volvería a sentirlo, porque, de pronto, todo aquello se desvaneció como si de un buen sueño se hubiera tratado, hallándose de nuevo al principio de todo, una vez más estaba atrapado entre las tinieblas, sintiéndose: frío, solo, y esta vez al contrario que en la vez anterior, sintió una angustia inimaginable. No podía percibir nada del mundo exterior, ningún sonido, olor, color, tacto…nada, todo había terminado. ¿Sería este su fin?




      Continúa en: La Singularidad

“Llegará un día en que creas que todo ha terminado. Ese, será el principio.”



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