Albert Einstein

"El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo Arte y Ciencia verdaderos". Albert Einstein.

domingo, 3 de marzo de 2013

Destinados a Morir


            Allí sentado, en su nueva cama, se encontraba mirando al horizonte. Tras la ventana podía apreciar el vasto bosque que se extendía más allá de donde el pudiera alcanzar a ver.
            La habitación resplandecía gracias a la claridad que entraba por la ventana, la luz, se reflejaba en las paredes lisas y blancas de estas. Se sentía bastante a gusto allí, contemplando el maravilloso paisaje que se abría ante él. Le parecía tan bello, tan natural.
            Estaba tan fascinado, que no se percató que la puerta de la habitación se había abierto. De pronto, una fuerte y gran mano se apoyó en su hombro. Ules, no pudo más que pegar un pequeño brinco de sorpresa al que podríamos llamar susto. Rápidamente levantó la cabeza y vio al doctor a su lado, cosa que lo tranquilizó. El doctor se había quedado allí sin decir nada, mirando tras la fabulosa ventana, al frente. Sus ojos, cristalinos reflejaban la luz del sol, tenían una fuerza esplendorosa, a lo que contribuía su tez morena y su pelo del brillo de la plata.
Ules, lo estuvo observando durante un buen rato, era alto y robusto, pensó que debía de medir cerca del metro noventa, y pese a aparentar en un primer momento ser mayor, que lo era, visto tan de cerca parecía un hombre de mediana edad.
-¿Cómo te encuentras hoy?-. La voz sonó fuerte, como una tormenta y a la vez un susurro en el silencio, sería muy difícil describirlo, era una voz que imponía pero a la vez llena de paz.
-Bien-.
-Me alegro-. Hizo una mueca con la boca, algo así como una sonrisa que hubiera resbalado por sus labios.- Has estado cerca de no contarlo,- miró fijamente a los ojos del muchacho y prosiguió,- creo que eres consciente de ello, ¿verdad?-. Ules le desvió la mirada, y tras un segundo que le pareció eterno, asintió mirando al suelo, con la mirada perdida en él, en sus pensamientos.- No debes preocuparte por nada, estas aquí, fuera de peligro. Debes de saber que en ocasiones la vida nos pone a prueba, podemos caer, pero mientras que no nos trague la tierra siempre nos quedará la posibilidad de levantarnos.-Paró brevemente, como si estuviera escogiendo meticulosamente las palabras a utilizar y continuó.- Puedes que hayas sufrido mucho, no te lo voy a negar, ni tan siquiera sé exactamente donde pudiste ir durante el periodo de tiempo que te creímos perdido, pero no te olvides nunca que estamos aquí para ayudarte. Confía en mí.
-Hubo momentos…- dudó si seguir, parar, o contarle lo que había experimentado. Finalmente prosiguió- en los que creí, firmemente que la vida vivida aquí fue un simple sueño,- levantó la cabeza, miró al horizonte, y luego al doctor- ¿Qué somos? Por más que le doy vueltas a la cabeza no sé que pensar. No sé si llamar tiempo al tiempo, todo es muy relativo… Hubo momentos en los que parecía que era consciente de mi estado, otros sin embargos se mezclaban con sueños que parecían totalmente reales, y luego al final de todo, cuando tuve la firmeza, la constancia de que todo lo vivido aquí era falso, apareció él.- De sus ojos emergieron lágrimas, aunque intentó disimular el doctor se percató de ello. Se sentó a su lado y le extendió su brazo izquierdo, rodeando su cuerpo, abrazándolo contra él.
-Me recuerdas a un chico que una vez conocí.- De nuevo la mueca hizo acto de presencia, sus ojos brillaron más intensamente. Emanaban misterio, y la seguridad que un padre podría proporcionar a sus hijos en los tiempos más oscuros. Ules capto al momento la fuerza que irradiaban y le confortó sobremanera-. No le des más importancia a las cosas de las que debieras. Ahora tienes una responsabilidad mayor si cabe que antes. Eres el dueño de dos vidas, de la tuya y la del huésped que tan cariñosamente dejó este corazón que ahora late en tu pecho para seguir viviendo en alguien.- Golpeó el brazo izquierdo de Ules, consolándolo, le revolvió su enmarañado pelo castaño y se levantó.- No olvides que todo ser está destinado a morir, pero él- señaló a su pecho- quiso seguir viviendo, así que no dudes de ti, puedes hacerlo, estamos en un mundo donde las probabilidades son inmensas, si buscas respuestas, quizás las encuentres, pero cuidado, no todas las preguntas que tenemos son susceptibles a abrirse a una respuesta, los caminos pueden ser varios, y tras ellos quizás solo abras más puertas, más opciones. No cometas el error de ir tras algo imposible. A veces puedes tener la sensación de que lo alcanzarás, sin embargo, finalmente, es ese algo el que verdaderamente te dará caza, entonces, echarás a correr, pero será demasiado tarde, no habrá salida.- Agachó la cabeza, como si le pesara, se acarició el cuello, se volvió hacia la puerta, salió de la habitación, iba a cerrarla, cuando decidió no hacerlo y dijo:
-No pierdas la esperanza de saber lo que por tu mente está ahora desfilando, pero debes de ser precavido a la hora de escoger las preguntas, ahora descansa, mañana recibirás el alta.- Cerró la puerta y allí, se quedó Ules, sólo, pero no tanto como hacía unos instantes.
Llevaba tanto tiempo allí metido. Se aburría. Pero las pocas conversaciones que había mantenido con ese doctor, habían calado hondo en él. Quería saber lo que le había pasado, no su infarto, no que le fallara el corazón, sino el motivo por el cuál gracias a un sueño, un único sueño, él seguía allí. Lo extraño para él, era ver la psicología tan desmedida que tenía el enigmático profesor. A penas había mantenido dos, quizás tres conversaciones, nunca algo más que para saber sobre su estado, y con la poca información añadida en los pocos minutos que duraban estas, aquel hombre había intuido lo que le pasaba por la mente. Se sentía fascinado por el poder que emergía de él, era algo absorbente, desproporcionado para un humano.


Por la ventana empezaba a entrar un aire fresco que corría silenciosamente la habitación acompañada del dorado color del atardecer. Ules, decidió levantarse, y, antes de cerrar la ventana, miró una vez más al exterior. Contempló maravillado el paisaje del atardecer, como poco a poco tras la inmensidad de los árboles, el astro rey era devorado por el mundo. Se iba perdiendo en el horizonte, diluyéndose tras este como el agua del río al entrar en el mar, perdiéndose, sin dejar marca de esa agua que un día había sido dulce. Las primeras luces del firmamento podían verse tímidas, como luciérnagas que volaran por la noche más oscura. La poca contaminación lumínica que había en aquel paraje hacía posible este maravilloso espectáculo. Ules pensó, y pensó, y tras recapacitar, salió de su ensimismamiento, cerrando ahora sí la ventana del alto piso.
La habitación se encendió por completo con una luz de oro azulado que lo iluminaba todo. Nuevamente se tiró en la cama, y se puso a contemplar el blanco techo que cubría la habitación.
Tras un rato allí tirado, uno de los robots que se dedicaban a atender a los pacientes entró en la habitación. Portaba una bandeja cubierta de comida.
-Perdón por el retraso- dijo el robot.
-No te preocupes, de aquí no me pensaba mover- Ules no se percató que tras decir eso, rio tímidamente.
-Aquí tiene señor, ruegue me disculpe nuevamente-. Le dejó la bandeja en la cama y Ules, la tomó para sí, se sentó en ella con las piernas cruzadas y puso la bandeja en su falda.
-Te he dicho que no tiene importancia, y, ¡no me llames señor!- le miró con cara de circunstancia, y con la mano derecha le indicó la puerta- anda, sal de aquí.
-Me alegro que esté todo en orden, señor,- le hizo algo que a Ules le pareció una especie de reverencia y se encaminó a la puerta- si necesitas algo más no dude en llamarme, buenas noches señor-. Cerró la puerta tras de sí.
Ules entornó los ojos, por la pesadez que le causaba que le llamarán señor. Le hacía sentir viejo, cosa que no era, de hecho era bastante joven, sin embargo, sabía que pocos robots habían sido concebidos para tener una charla más o menos razonada con ellos, y por supuesto, en un hospital, no iba a encontrar a esos pocos especímenes que pudiera haber en el planeta, así que dejó de pensar en ello y se dispuso a comer. Mientras comía, sabía que a partir del siguiente día ya no tendría refugio, ni comida. Se las tendría que apañar durante algunos días hasta llegar a la ciudad o poblado más cercano. Tenía la certeza que se encontraba en el legendario hospital conocido por la “Torre Blanca”, pero en el tiempo que llevaba allí no se había atrevido a preguntar a nadie, de hecho, lo que sabía del hospital era por los rumores que circulaban en el mundo, nunca había pensado que existiera un lugar como ese, fuera de todo, aislado del mundo, rodeado de naturaleza, una fortaleza donde aún no había penetrado el hedor humano. Pero allí se encontraba, y ahora sabía que realmente existía.
Desde que fuera intervenido, había ido recordando y ordenando lentamente en su mente partes de su historia, que pululaban por su cabeza revoloteando en fragmentos como un valle lleno de mariposas que no podías atrapar por su sincero y veloz vuelo. Aun así, no siempre puedes llegar a alcanzar a todas esas mariposas que vuelan a tu alrededor, escapan.
Su intención era perseguir esos retazos que fluían en su mente, descubrir lo que verdaderamente significaban, ya que no recordaba haberlos vivido. Se trataban como una especie de ensoñación tan real, que sin lugar a dudas él había vivido, sin embargo el puzle tenía más piezas para ser jugadas de lo que realmente había en la caja.
Mientras fluían ideas por su cabeza comía insaciable, rebañando hasta la última migaja, la última gota de su opípara cena. Finalmente acabó, terminó. Puso la bandeja en el suelo, tocó las palmas, se apagaron las luces, tiró de los pies de la cama y se tapó con las sabanas acostándose en ella. Mirando a la ventana podía contemplar las estrellas que se reflejaban en sus castaños ojos, un fascinante y bello Universo lleno de posibilidades, contemplando a su vez otro aún más desconcertante pero tan bello y hermoso como el que los contemplaba. “¿Quién soy?” Se preguntó. Hay respuestas que necesitan de otras preguntas para ser contestadas, y respuestas con muchas salidas, y salidas que no tienen respuesta a donde ir. Se fue adormeciendo, hasta que sus párpados le pesaron demasiado para seguir siendo el vigilante de ese otro Universo. Se durmió.

-No, jamás te dejaré, nunca te pasará nada, te lo prometí,- la miró a sus castaños y bellos ojos, le apartó su rizado pelo de la cara, se quedó contemplándola fascinado mientras su mano derecha le tomaba la cabeza con firmeza y amor, diciéndole- te lo prometo.
- Te creo-. No pudo por más decir con su dulce voz, mientras una lívida sonrisa se dejaba escapar por sus rosados labios, aunque algo desconcertante y oscuro emanaban de su intensa mirada, como si supiera que eso, al fin y al cabo, no iba a poder ser posible.
El chico, lo comprendió de inmediato y la abrazó intensamente. Aunque ella no se percató, un par de lágrimas se dejaron ver por su pálida y linda tez. Como pudo, se recompuso, secándoselas sin que ella lo viera. Se incorporó, se le quedó mirando y le guiñó mientras sonreía.
-No pasará nada, sólo ha sido un sueño, nada más-.

Despertó. Abrió los ojos de nuevo al mundo. Vio el blanco techo, la luz que se filtraba a través de las ventanas cegaban sus ojos poco acostumbrados a la luz del día. Se desperezó y se sentó al borde de la cama. Volvió a mirar como tantas otras veces por la ventana, contemplando lo que pronto sus pies pisarían camino hacia un rumbo incierto. Tan pronto como se levantó fue a quitarse la única prenda que lo vestía, una bata del mismo color que todo lo que le rodeaba. Tocó la pared, de donde salió un panel, tecleó una serie de números y las paredes se abrieron, allí delante de él se encontraba las únicas pertenencias que le quedaban. Al menos, se encontraba en buenas condiciones, no habían sufrido ningún desperfecto y habían sido tan amables de guardárselas, aunque en un principio ni siquiera había reparado en ese hecho, hasta que, Rudolf, un buen día había ido a hablar del tratamiento y el proceso de recuperación que iba a tener que seguir, para ello le comentó que su pieza se encontraba en los depósitos de prenda de la torre. Así que extendió la prenda, que se trataba de una única pieza, la sacudió de manera tal que el pequeño doblez cogió la forma de su buen cuerpo. Luego, abrió, gracias a una especie de cremallera la prenda. Se la puso y se pegó como un chicle a su cuerpo, cerró la apertura y luego no quedó rastro alguno de esta. Era una prenda bonita de un color azul fusionado con un negro plateado. En los pies podían observarse una especie de suelas para proteger el pie en las horas de  caminata. Era muy cómodo, por eso le gustaba tanto, se acoplaba al cuerpo como una piel más, y tenía la facultad de regenerar tejidos como si de ella se tratara, gracias a la inmensa red de microchips que tenían incorporados, haciendo que la tela tuviera una especie de memoria. Incluso en una ocasión había podido pasar desapercibido gracias a la función de invisibilidad que traía consigo, para desconocimiento de Ules hasta ese momento. Ciertamente se trataba de una prenda altamente apreciada por él. Había invertido todo el dinero que había ganado trapicheando y robando en las calles a las altas estirpes en estas, le hubiera apenado sobremanera haberse tenido que desprender de él y más aún haberlo perdido.
Cogió el reloj cuántico, y se lo acopló a la prenda. Ya sólo le quedaba la extraña cadena que portaba, la cual había heredado de su padre y este a su vez del suyo y así sucesivamente. Si alguna vez le preguntaban sobre esta, Ules siempre respondía que debía de ser una pieza de poder, relacionada con el tiempo en el que los hombres pasaron de las cavernas a colonizar el mundo y crear a los primeros dioses, por supuesto, él sabía que esto era imposible y sólo su imaginación hacía posible que quizás, remotamente fuera verdad. Sólo se limitaba a mirar al oyente y lanzarle una sonrisa burlona, que estos interpretaban ilusos como de gran afecto y saber.
Ya lo tenía todo, así que tomó la puerta, miró hacia atrás, sonrió y marchó.

El hospital era una especie de laberinto, no habría podido encontrar la salida si los múltiples robots que se encontraban por las estancias no les hubieran ido indicando la dirección correcta, aunque al parecer esa dirección para algunos de ellos distaba bastante de lo que verdaderamente pudiera ser, por ende, el chico anduvo durante más tiempo del debido en busca de la salida.
Cuando por fin logró llegar a la estancia principal, se encontró que esta se encontraba en la tercera planta. Cada planta podía ser como una pequeña ciudad en sí misma, por lo que la distancia al suelo era muy considerable. Sin embargo, a diferencia de las demás, en esta se encontraba un enorme patio que sobresalía del edificio, con una majestuosa fuente y un verde jardín que poblaba numerosas plantas y árboles de diferentes especies. En la entrada se podían ver numerosas camillas atentas para recibir a los pacientes que fueran llegando a bordo de las ambulancias voladoras, las cuales aterrizaban justo delante de las grandes puertas de cristal de la entrada.
Era un día muy bonito y el Sol, se encontraba justo en su máximo esplendor, hacía algo de calor, aunque no tanto como pudiera aparentar gracias a las magníficas virtudes del traje.
Se apresuró por la calle principal para llegar al otro lado del patio y ver si existía algún mecanismo que le ayudara a bajar, o si por el contrario debería dar un salto de fe. De pronto, de una de las calles que desembocaban a la principal, apareció sin previo aviso el doctor. Ules se percató de ello, y le hizo un gesto con la mano a modo de saludo.
-Bonito día- Se apresuró a decir el doctor.
-Sí, aunque lo será aun más cuando encuentre la salida a este asfixiante lugar- Le recriminó el muchacho.
El profesor hizo un gesto con las profusas cejas, y se quedó mirándolo expectante.- Quizás tengas razón- le dio un golpe cariñoso en el brazo- bueno, mirándolo desde mi punto de vista, tienes suerte, ya estoy aquí para ayudarte.
-Bueno visto así- dudó- sí.
-Verás, Ules, pocos conocen este pequeño oasis instalado en este mundo enfermo, y quizás te hayas dado cuanta ya de donde nos encontramos, per..- le interrumpió la voz del chico.
-¿En la “Torre Blanca”? ¿No es así?- se percató que el profesor había seguido hablando, cosa que le avergonzó un poco- Perdón, no me había dado cuenta.
-No te preocupes, suelo hablar más que pienso- se rio con cierta fuerza, y prosiguió- lo que te quería decir, es que nosotros, bueno, los pocos que aquí estamos, queremos que este sitio siga siendo un mito, pues en realidad debe serlo, el gobierno no lo permitiría, ese es el motivo por lo que la construcción haya sido edificada en el único paraje fuera de las manos del hombre y por lo que la entrada principal se encuentre en la tercera planta- miró al chico- de hecho, salir no es ningún problema, pero una vez salgas, quizás no puedas volver a entrar a no ser que seamos nosotros los que te encontremos a ti.
- Te entiendo- se llevó la mano a la boca, pensativo y prosiguió- desde la pasada guerra el mundo no ha sido igual..
Esta vez le interrumpió el doctor, ya que había empezado a reírse, Ules lo miró un poco contrariado, sin saber pensar si había dicho una tontería.
-No te preocupes- seguía riendo- son cosas mías, eres muy joven para que digas que la guerra cambió el mundo, más cuando, quizás, eras un pequeño bebé cuando ocurrió.
El muchacho frunció el ceño.
-¡No me mires así hombre!-dijo graciosamente, sin darle importancia-, las personas de tu edad suelen pensar de ese modo. Todo cambia por un momento determinado, una chispa, lo cambia todo, no son capaces de ver que todo va más allá- se quedó contemplando el cielo, viendo como el viento acariciaba las nubes de algodón que se movían sinuosamente, apaciblemente, hacia sabía dios donde-. De todas formas- continuó- me alegra saber que existen personas como tú.
-¿Cómo yo?- Dudó Ules.
-Exactamente, como tú. Puede que seas joven, pero puedo ver en tus ojos que escondes mucho más secretos que las pobres y deformes mentes que hoy en día alberga este mundo- agachó la cabeza, como si estuviera molesto con algo-, el ser humano está podrido, es una manzana que tuvo la oportunidad de germinar, prosperar, dar vida gracias a sus semillas, sin embargo, optó por contemplar, se quedó parado, no hizo nada, la manzana se quedó allí tirada, al lado del árbol, llovió, tronó… Finalmente, como es lógico, terminó pudriéndose. Da pena, ni siquiera los otros seres quisieron morder este jugoso bocado. La naturaleza es sabia, nunca lo olvides.
Sin saber que decir, Ules, se limitó a seguir andando. Después de eso, nadie dijo nada hasta llegar al límite del patio.
-¿Y bien?- preguntó Ules.
-Bueno, imagino que este es el fin, aquí termina nuestra relación.
-Siempre quedará que vuelva- sonrió.
-Ya te he dicho que eso es bastante difícil. Pronto podrás comprobar que a pesar de todo, seguimos siendo un mito, una realidad, pero un mito necesario.
-Puede ser. ¿Pero, como se baja de aquí?
- Es muy fácil, salta.
-¿Qué salte?- Miró incrédulo al doctor.
-Exacto, lo que has escuchado.
-¡Me estás tomando por loco! ¿Quieres que dé un salto de fe?
- Podríamos llamarlo así, ¿por qué no?
El chico rechistó
-Vamos a ver, si quisiéramos matarte, que parece que es lo que estás pensando, no te hubiéramos salvado la vida. ¿De qué valdría todo esto?
Se quedó pensativo un momento, y afirmó, aunque de mala gana. No le hacía gracia alguna tener que tirarse desde aquella altura, donde las copas de los árboles se veían sin diferenciar unas de otras. Tenía gracia, lo había pensado, tirarse al vacío, aunque eso sí, esa idea se había instalado como un chiste malo en su cabeza, y ahora, iba a tener que hacerlo de verdad.
-Ante de que partas, quiero que tengas esto- del interior de la bata sacó una pequeña cajita- te ayudará en tu viaje, al menos durante unos días- se la dio. Ules sabía bien como funcionaban aquellas cajitas, se la pegó a la espalda, donde se sujetó firmemente a la tela y allí quedó como si de una joroba de su propio cuerpo se tratase.
- Bueno, ahora sí, toca despedirse- le extendió la mano, que pronto fue apretada con fuerza por el doctor.
- Ten cuidado Ules, recuerda lo que te dije, llevas una carga que pocas personas son conscientes de albergar- le volvió a señalar el pecho con una expresión sumamente seria, para el carácter que hasta ese momento, había mostrado.
- No se preocupe. El destino a la muerte no se puede eludir, sin embargo, de alguna manera, sea de quién sea este corazón, ambos, nos hemos ayudado a superar este trance, a pesar de que quizás estuviéramos destinados a morir.
El profesor asintió, y su característica mueca hizo acto de presencia.
-Llevas más que eso- dijo el doctor casi en susurro, tanto que fue inaudible para el chico.
-Creo que estoy preparado.
-¿Entonces, a que estas esperando?-.
Afirmó seguro de sí mismo con la cabeza, retrocedió unos pasos, para coger carrerilla, aunque no estaba seguro de que eso fuera necesario, se paró, y empezó a correr como el rayo que parte el aire de una tormenta para alcanzar su destino, finalmente, saltó al vacío. Cogía velocidad, caía en picado, cada vez más y más rápido. Su corazón le latía en el pecho fuerte, muy fuerte, sentía las pulsaciones en todo su ser. De pronto, poco a poco fue desacelerando, llegando un momento que se sintió elevado, no caía, volaba para arriba. Se paró y tocó una especie de plataforma oscura, de un color negro que jamás había visto. La plataforma descendió hasta la superficie. El cielo se perdía bajo el frondoso bosque que se extendía hasta la inmensidad. Cuando fue descendiendo, se percató, de que en realidad no había para tanto, se trataban de unos árboles gigantes, de troncos muy delgados a la par que fuertes. Finalmente, tocó suelo. Para su sorpresa, la plataforma se evaporizó, y allá donde mirara sólo había árboles y más árboles. Le parecía extraño no poder ver ni tan siquiera los cimientos sobre los que se sustentaban el majestuoso hospital, pero así era, nada de nada.
Así que eso era lo que le doctor le había comentado, no podría volver a aquel lugar puesto que era un espectro, una alucinación, un edificio camaleónico, y ahora que se encontraba allí sólo, ante la vastedad de la naturaleza, se empezó a preguntar quién era ese hombre que tan amablemente le había atendido. ¿Quién era? Tan torpe había sido que ni tan siquiera le había preguntado su nombre. Se golpeó la cabeza con la mano, contrariado. Que tonto era, una pregunta empezó a cobrar sentido en su cabeza, tan descabellada como verosímil, ¿y si, después de todo, había servido como conejillo de indias para el gobierno? No, no podía ser. Lo que sí era cierto, que ahora empezaba a darse cuenta de la verdadera ilusión de la “Torre Blanca”, no sabía nada, absolutamente nada, y algo que no ves, no es palpable de demostrar por su peso, es algo que no existe, a pesar de las posibles evidencias que pudiera haber ido dejando como rastro, el rastro, de un mito.

Continúa en: Pasado, Presente y Futuro

No hay comentarios:

Publicar un comentario