ὀφέλεια (Ofelia)
Reflexiones y Cicatrices
Sinceramente, no sé
cuándo pasó. He reflexionado sobre todo el proceso que estoy viviendo y no
tengo ni idea de cuándo ocurrió. ¿Fue en aquella ruptura donde me dijeron
«mereces algo mejor»? ¿Fue en ese desliz? ¿Ha sido en todos estos años de
pequeños errores? ¿Cuándo fue? No tengo respuestas.
«¡Qué ojos más bonitos!»,
pensé, «pero ¿qué temen?». ¿Encontraría ella también ese temor en los míos?
¿Por qué tengo la sensación de que, al final, siempre lastimo a las personas
que me quieren? Quizás sea por eso mismo: nos queremos y, aunque no sea nuestra
intención, lastimamos. Al final el fuego calienta, pero acercarse a él en
demasía nunca es buena idea.
Quizás lo sepas, pero
hace diez años —¡cómo pasa el tiempo!— pasé por los que fueron, los
peores momentos de mi vida. Suena fuerte decirlo, habiendo tantas penurias en
el mundo, pero así lo sentí. Esa herida sigue ahí; cicatrizó y se transformó.
Sé lo que se siente cuando alguien te deja sin más motivos que un: «Mereces a
alguien mejor…». ¿Alguien mejor? Yo te quería a ti. Es angustioso...
No puedo imaginar el dolor que sentiste cuando te lo hice yo; o sí, sí que lo sé, por eso lloré al despedirnos en aquel eterno abrazo un triste día de Navidad. ¿Cómo dejas a alguien con quien fantaseas constantemente sobre un futuro? ¿Con la que tiene proyectos en esas mismas fechas? ¿Por un malentendido? ¿Un error? Ese día lo tengo clavado en la cabeza. Aunque ahora creo tener algunas respuestas, quizás el proceso sea solo un puzle que he creado para culparme y exonerar a mis amigos y a ti (aunque, sinceramente, pienso que fue un malentendido a varias bandas). Por eso pesa tanto todo; por eso, y por el cúmulo de circunstancias que me han llevado a quebrarme diez años más tarde.
El proceso de sanar
En todo este tiempo he
pasado por infinidad de estados emocionales. Al principio sentía que no
encontraba mi sitio; salía e intentaba disfrutar, pero no duraba mucho. Sabía
que quedarme en casa era, para mí, contraproducente. Entiendo que hay múltiples
maneras de sanar. Gracias a mis amigos todo se atenuó y, por un breve tiempo,
seguí adelante. Pero el grifo goteaba y, aunque no escuchara a mi corazón, poco
a poco fue desbordándose: unas lágrimas de regreso a casa tras un fin de
semana, otras hablando con mis amigos, o cuando el Xerez CD marcaba o al terminar un partido… ¿Qué
pasaba ahí? No eran lágrimas de tristeza o alegría pura; había en ellas algo de verdad,
el sabor amargo de algo bonito que ya no estaba.
Volví a mí y, aunque no
lo pareciera, me encerré de nuevo. Poco a poco volviste a surgir. ¿Qué pasó
aquella noche? ¿Por qué no se pudo arreglar? ¿Acaso no soy el «príncipe de
meter la pata»? ¿Quién era yo para tratarte así? Pero el dolor de lo ocurrido
era real. Quería hablarte a comienzos de marzo, pero no encontraba el modo.
Pensé: «Mejor cada uno por su lado, este dolor se irá». ¿Por qué te impuse el
no tener contacto? Me sentía egoísta si te escribía. ¿Quién era yo para decidir
sobre ti? ¿Dejarte para volver a hablarte cuando me plazca? ¿Qué tipo de
persona soy? Y lo peor: no quería hacerlo hasta estar seguro de que la herida
estaba cerrada. Pensaba que la mía lo estaba, pero ya ves que no.
Diez años atrás
Tras la ruptura, cada uno
tomó su camino, aunque —como chico desesperado— intenté un último acercamiento
que no funcionó. Cuando supe que estaba saliendo con otro pocas semanas después, se me cayó el mundo
encima; quería morirme. Mi inmadurez hizo que, tras una noche de fiesta, le
escribiera al llegar a casa. Lo hice mal: puse dos mundos patas arriba. Hubo
una gran discusión y, aunque parecía el final, no fue así. Pasó el tiempo y un
día me llamó. Estaba hecha un lío y yo estaba dispuesto a todo, a pesar de los
casi 300 km que nos separaban.
Quizás ese fue nuestro
gran error de primerizos. No conseguía soltarla y ella tampoco a mí. Durante
los primeros meses, mientras ella conocía al otro chico, seguíamos en contacto:
días cálidos y días fríos, pero sin soltar. En diciembre, siete meses después
de la ruptura, nos habíamos convertido en la pareja más tóxica del planeta.
Mantuvimos llamadas de horas donde los insultos volaban. Estábamos saboteando cualquier
rastro de transformación personal, convirtiendo nuestras vidas en un infierno
de discusiones sin sentido. Incluso borré personas de mis redes e hice varios viajes solo para verla.
Ella llegó a proponerme esperar nueve meses para ver cómo fluía todo. Pasó el tiempo y llegó la Semana Santa, esa vorágine que cada año me absorbe. Al terminar, me sentí tranquilo; sabía que todo había pasado. Un par de semanas después, volvimos a hablar, con nuevos tiras y aflojas, pero mi mente estaba en paz. Decidí marcharme. Lo había intentado durante prácticamente doce meses tras la ruptura, pero siendo sincero, fue un «mal intento» por parte de ambos. Nos hicimos mucho daño…
El presente y el silencio
No quería eso para ti,
pero de algún modo me sentía responsable. Al principio te silencié en redes,
pero duró poco. En Instagram compartimos demasiados conocidos y pensé que si te
enterabas de mi vida por otros, te sentirías peor. Durante unos meses refrené
la tentación de ver tus publicaciones, pero en Twitter empecé a seguir tu vida
silenciosamente.
Me sentía tan culpable
que, si veía que ibas a salir por el centro, yo me quedaba en casa; quería que
disfrutaras sin ese temor que expresabas en redes. Me mentía a mí mismo. Te
tenía silenciada pero no paraba de ver cómo estabas; quería abrazarte y llorar
contigo, pero ¿quién era yo para hacerlo? Empecé a imaginar futuros que nunca
se darían...
Cuando te hablé de
culpas, me expresé mal. Nadie la tuvo. Simplemente somos «cabras» con sus
vivencias y cicatrices, a las que un gentil minino saluda y ellas arremeten contra
él, mientras el felino piensa inocentemente que se alegran de verle. A veces me
siento tan cabra… ¿Con qué cara podría escribirte después del daño acarreado?
Sin embargo, sentía que nos hablábamos por Twitter sin hacerlo. Veía dolor y
mucho cariño. Pensé que la Semana Santa lo aclararía todo.
Ese Viernes de Dolores me
rompí. La primavera me ayuda a conectarme con mis «yo» del pasado. No sé cómo
lo hiciste, pero tu presencia estaba ahí. Por primera vez me sentía tan libre
como cuando estaba solo: dos personas que se querían y entendían el valor de
las cosas del otro. Tú con tus libros, yo con mis fotos. Dos personas que eran
por sí mismas y lo eran para el otro.
Recuerdo esa mañana del
Almuerzo de Navidad. Habíamos discutido la semana anterior, pero hablamos ese mismo día y pensé: «¡Sí,
esta vez va a funcionar!». Me enviaste fotos de los gorriones en la terraza
mientras yo me duchaba. Al salir al salón, allí estabas: bañada por la luz del día,
recostada en el sillón reclinable junto a la terraza. Veía tus tatuajes y tus
piernas desnudas al sol, y no sé cómo no lloré de alegría por tenerte allí. No entiendo
qué nos (me) pasó horas más tarde.
2019: El reencuentro
Desde la «primera vez»
que la vi, me gustó. Era jueves de Feria cuando la conocí. Cruzamos pocas
palabras, pero supe que volveríamos a vernos al día siguiente, sin la necesidad
de quedar. Fue automático. Lo maravilloso es que ella había sido mi compañera
de colegio e instituto; incluso compartimos clase en Bachillerato. Pero habían
pasado diez años: ella en Barcelona, yo en Granada. Historias distintas hasta
encontrarnos. El hilo rojo del destino? haciendo acto de presencia. Ella me recordaba que esa misma Semana Santa nos cruzamos varias
veces y que la saludé, pero yo no recordaba nada… Ya sabes cómo soy en
Semana Santa…
Fue una historia bonita.
Nos amamos y encontré mucha felicidad, aunque éramos personas distintas.
Prácticamente no compartíamos aficiones, pero nos entendíamos. Pasamos del
«mereces algo mejor» al «mientras esto dure». No la culpo, pero esa frase me
marcó y no la comprendí hasta que nos perdimos.
Dejamos de decirnos las
cosas bonitas del principio; nos acomodamos en una rutina cada vez más pesada.
No encontrábamos apoyo el uno en el otro cuando lo necesitábamos porque no
hablábamos de ello. Al final, tuve explosiones de ira porque algo no funcionaba:
la comunicación. Metí la pata y cometí un error imperdonable: un desliz, un
simple beso que lo cambió todo. Me autoengañé para seguir con ella y, por
tanto, la engañé a ella, hasta que todo saltó por los aires.
Desde entonces me sentí
culpable por no haber cortado a tiempo. Entendí que no significamos nada para
el Universo, que nuestras vidas son insignificantes. Me volví taciturno y me
convencí de que todas las relaciones están destinadas al dolor, ya sea por
ruptura o por la muerte, «mientras esto dure».
—¡Voy a empezar a quedar
contigo! —¿Cómo? No quiero nada con nadie, aunque no me cierro a que pasen
cosas… —Por eso. Yo tampoco quiero, pero vamos a quedar.
Me asombró tu
determinación. ¿Quién eras tú?
—¿Tienes miedo al éxito o
qué? —me dijiste semanas más tarde. No daba crédito.
¿Cómo podía alguien como
yo estar con alguien como tú? Eras los colores de la vida. A tu alrededor todo
tenía luz, mientras que yo me sentía gris, incapaz de amar por miedo a perder.
Y tú, pese a ese mismo miedo, te atreviste. Hiciste que volviera a ver el mundo
con la magia de la niñez. Contigo, volvía a ser el niño que soñaba con Disney.
Tengo los sentimientos a
flor de piel. Solo quiero que sepas que errarás, como todos, porque somos
imperfectos; pero tu corazón está lleno de amor. Te admiraba mucho por tu
fortaleza y tu pasado. Tenía decidido que seríamos dos y, aunque el miedo a
hacernos daño seguía ahí, por un tiempo, ese pensamiento simplemente
desapareció.
¿Cuántas vidas se pueden
vivir en una sola?
¡Cuánto amor he recibido
todos estos años de quienes me rodean! Cuántas gracias debo dar a mis exparejas
por el tiempo compartido. No me entendería a mí mismo sin ellas; gran parte de
lo bueno que hoy ves en mí es responsabilidad suya. De mi primera relación
conocí el amor, y de la segunda, lo maravillosa que puede ser la vida al
reencontrarte con personas que apenas conociste en el pasado.
No seríamos quienes somos
sin nuestras relaciones, pasadas y actuales; sin esas risas, abrazos y llantos
en brazos ajenos. Me arrepiento de muchas cosas, sí, pero no cambiaría ni una
coma, porque entonces no sería yo, y probablemente no nos hubiéramos conocido
aquella noche. Tuvimos suerte. Y tuve más suerte aún cuando, tras mi caída y
retiro, mientras aún estaba convaleciente, volviste sobre tus pasos y nos
encontramos. Contigo también me arrepiento de los errores que pudiera cometer, pero como te dije, el
pasado no se puede cambiar. Podemos quedarnos estancados mirando un recuerdo
que no volverá, o avanzar. Sé que tú avanzarás; te conozco y admiro tu
fortaleza y determinación. Eso sí, de ti, de ti aprendí a volver a amar como solo un niño sabe hacer, viendo a través del alma y sintiendo a la niña que llevas dentro.
La catarata de decisiones
Sigo sin saber cuándo
pasó. Soy el producto de una concatenación de decisiones que se precipitan como
una catarata sobre mi vida; supongo que así ocurre con todos. Hay factores que
escapan a nuestro control. Me preguntaste: «¿Por qué ahora?».
Me había desbordado.
Luchaba irremediablemente entre hablarte o no. Era una batalla interna: no
quería repetir los errores de mi primera relación, no sabía si quería volver,
pero sí sabía que te quería en mi vida. Al sentir que nos hablábamos «tras el
velo», pensé que tenía sentido dar el paso. Pero no dejaba de preguntarme si
todo era egoísmo mío; si no era mejor, por mucho que me doliera, dejarte volar
y velarte solo en mis sueños. ¿Acaso no me había enseñado la vida que lo que es
para ti, vuelve? ¿Te acuerdas del hilo rojo? En Japón existe la leyenda, que representa el paso del mismísimo tiempo, los hilos se acomodan, se enruedan y se retuercen, a veces se enredan, se rompen y se vuelven a conectar, eso es el tiempo, la vida, y pese a haberlo experimentado, la ansiedad iba en aumento...
Qué bonita es la vida
cuando, después de muchos años, te encuentras con alguien especial de tu pasado
y conectas… Quizás dejarte ir era lo más sensato, pero algo me empuja hacia ti
y a veces me odio por ello. «Déjala», me decía, aún digo. Entonces, ocurre que dos de tus
mejores amigos se separan tras diecisiete años juntos. Ves el proceso, te ves
reflejado en ellos, ves su tristeza y lo que pudieron ser pero ya no son. Y te
haces preguntas: ¿de veras lo nuestro fue tan grave para terminar así?
Sigo escarbando en mi
interior: ¿qué puedo hacer yo? ¿Por qué siento que, haga lo que haga, siempre
fracaso? Sé que no es verdad, pero así me sentía desde febrero, y la sensación iba en aumento conforme pasaban los días.
Documentándome, leí sobre el apego evitativo y empecé a comprender cosas
de mi pasado y del presente. Entre relaciones siempre he tenido tiempo para
pensar en qué fallamos; quiero mejorar porque, ¡joder!, yo quiero que funcione.
Quiero mi «mundo Disney», quiero ver la vida a través de tus ojos. No entiendo
cómo no me di cuenta antes. Quizás, tras la segunda ruptura, se acentuó ese
miedo a lastimar y ser lastimado; ese miedo a amar porque sabes que, de algún
modo, todo terminará.
El punto de quiebre
Soy feliz el 90% del
tiempo y me siento afortunado, pero mi felicidad depende en gran medida de ver esa misma felicidad en los que están a mi lado. Si no lo consigo, caigo. Cuando rompimos, te
llevaste parte de mi corazón, pero seguí adelante porque sabía que no podía
refugiarme en meses sin salir, sin apetito o dejándome ir, como en aquella primera vez, donde incluso mis padres, por aquel
entonces, me apremiaban para que partiera de casa, al menos durante los fin de semanas. Sabía que la vida da vueltas y que quizás en un futuro, ¿quién pudiera saber?
¿Entonces, por qué
colapsé? Porque hubo un segundo punto de ruptura en febrero. Intentaba ayudar a
mis amigos en su separación y me preguntaba: ¿lo estaré haciendo bien? ¿Estaré
consolando de la manera adecuada? Ves a una parte desolada y a la otra
intentando seguir, y en mientras, seguía volviendo a ti. Intentaba salvar a todo el
mundo, e iba perdiéndome a mí mismo...
Meses antes de romper, como ya sabes, una noticia me heló el alma: uno de mis mejores amigos estaba en una situación
límite. Al verlo, solo quería darle un riñón si hacía falta; hubiera movido
cielo y tierra para salvarlo. A veces pienso que gustoso me hubiera cambiado por él: él tenía
a su mujer, a sus hijos… ¿y yo? Sé que tengo a mucha gente que me quiere, pero
ese sentimiento no desaparece. A él también quería salvarlo. Como sabes, no se
pudo.
Duele tanto...
El alud
La Semana Santa iba a ser
el punto de inflexión. Al contrario que otras veces, mi sentimiento por ti iba
en aumento. Eras como el aroma a azahar que festeja en los naranjos al calor de la primavera. Aun a riesgo de que me dieras calabazas, decidí que te escribiría,
aunque solo fuera para saber cómo estabas. Quería que supieras que el «contacto
cero» había terminado para mí y que podíamos tener, al menos, un trato cordial.
Pero ya sabes qué pasó
después. Sé que me cargo piedras en la mochila que no me corresponden, pero
aquello colmó el vaso. Esa noche solo quería correr a tu regazo y llorar en
silencio mientras tú me consolabas. Me sentía como un niño perdido y asustado. Él también
se llevó una gran parte de mí; por eso estaba desconsolado. Quería acariciar tu mano,
notar tu contacto, el calor de tu cuerpo, pero me parecía injusto hacerte eso en ese momento de mi
historia. Y sé que, de algún modo, tú tendiste tu mano a través de la distancia…
Después de eso, todo se
desbordó. Me sentía un fracasado: no pude sacarme las oposiciones, donde constantemente me apoyaste, había terminado contigo, no había podido
salvar el “matrimonio” de mis amigos y había perdido una de las almas más puras
que conoceré jamás. Todo en poco más de tres meses... Me sentía muy desdichado.
De pronto las hojas se secaron y cayeron al suelo; en mi rostro empezó a llover cada día, gotas saladas que brotaban de mis ojos. No era primavera, era otoño; esa época del año donde todo es más apagado y las tinieblas se van apoderando, poco a poco, del canto de los pájaros. El Sol ya no calentaba mi alma tan fuertemente y me ahogaba en mis pobres pensamientos. Otoño: quizás la época donde todo está más predispuesto a fenecer. Ahí me hallaba.
Para colmo, me enviaron a trabajar a cinco horas en coche. En ese estado, nada era
posible. Lo más sensato era esperar a que todo se calmara. ¿Cuánto? No tenía ni
idea. Mientras tanto, tras el telón, seguía observándote e intuyendo esa
conversación que solo nosotros entendíamos. Por eso ocurrió. Fue un alud que
llegó más allá del valle. No podía más. Y, una vez más, pensé: «Eres un egoísta».
La versión de la ruptura
Seguramente, mientras tú
hablabas, Guti simplemente asentía; lo hace mucho, y más con unas copas de por
medio. Desde que hablamos, jamás hice nada que no hubiéramos establecido.
Alguna vez, mientras estaba contigo, me preguntaron cómo lo hacía para no echar
de menos la vida de soltero después de tanto tiempo. La respuesta es simple: amor. Cuando tú llegaste a mi vida, era imposible mirar a los demás de
la misma forma en que te admiraba a ti; más aún cuando
todo parecía funcionar como un reloj...
No cambiaría ni un minuto
de ese maravilloso año, aun con los errores. Quizás me arrepienta de no haber
pasado más tiempo contigo, aunque intento vivir intensamente cada minuto que
comparto, porque sé que ese instante es tan bello como efímero. Sé que, aunque
intente hacerlo eterno, de algún modo se perderá en el olvido del infinito. Así
que es muy posible que Guti te asintiera sin decir nada. Aquel día de Feria, tú
llegaste a la caseta antes que él; él no pudo ver nada que tú no hubieras visto
antes. Para mí, como te iba diciendo, solo existían esos ojos de gata. Tenías razón con ese 22 de mayo (aunque quizás todo se dio el 23), sin duda eras la luz que más brillaba en todo el recinto...
El castillo de naipes
Recuerdo aquel momento de
forma difusa, pero sé que habías tenido un pequeño encontronazo conmigo poco
antes. Yo lo dejé pasar, no por indiferencia, sino porque habíamos hablado esa
mañana y pensaba que todo se discutiría con calma cuando tocara (esta vez va a funcionar). Pero entonces
saltaste —o eso me pareció—. Sé que probablemente no eran reproches; quizás el
bullicio o el ansia de ver a Guti reír hizo que saltaras de un modo que no
querías.
Sin embargo, desde mi
«castillo de naipes», yo interpreté algo muy distinto. ¿Cómo era posible que
hicieras eso después de lo hablado? Desde mi punto de vista, me parecía
inconcebible que dejaras por mentirosos a mis amigos de toda la vida. Y que hicieras eso delante de tanta gente. ¿Cómo
podía cuadrar todo? Creo que la historia más realista es esta: Guti
malinterpretó algo o simplemente asintió, tú también lo hiciste y, con los
nervios, saltaste. Es entendible, pero en aquel momento me decepcionó
muchísimo.
Esa noche, más que ira,
sentí miedo: miedo a repetir patrones que no quería. Sin darme cuenta, con mi
reacción, estaba convirtiendo ese miedo en realidad. Muchas veces pienso que
ojalá me hubieras apartado del bullicio para hablar, o que simplemente
hubiéramos cumplido lo pactado esa mañana: dejarlo para cuando estuviéramos
tranquilos. Pero me sentí traicionado; el «Disney» que construía a tu lado fue
dinamitado. Siento vergüenza de cómo actué, dejándote apartada y sola, pero en
ese momento no podía conmigo mismo.
La verdad compartida
En los días posteriores
intenté entenderlo preguntando a unos y a otros, incluso hablando contigo. Pero
no tuve en cuenta que la memoria es fallida y que, aunque vivamos lo mismo, las
realidades son distintas para cada uno. Esa respuesta no me llegó hasta marzo,
cuando todo encajó: nadie mentía. Todos tenían su verdad, y el único que echó
gasolina al fuego fui yo. El pánico a ser lastimado entró en juego y todo se
fue al traste.
Durante mucho tiempo
pensé que no podíamos estar juntos por algo que resultó no ser verdad; era una
certeza cimentada en mi propia percepción, no en los hechos. La realidad llegó
meses más tarde, pero para entonces la trampa ya estaba puesta: el contacto
cero. Fue mi propia propuesta volviéndose contra mí. No quería molestar, solo
dejar que las cosas estuvieran en paz. ¿Cuán egoísta debía ser para decirte
siquiera un «¿cómo estás?»? Entendía que, ante tal confusión, no merecías que
volviera a tu vida bajo ningún concepto. «Te mereces a alguien mejor…».
Despedida
Quizás esto haya sido
solo terapia para sacar todo lo que llevo dentro. Es posible que me deje cosas
en el tintero y es probable que jamás leas estas palabras, pero aquí están.
Solo quiero decirte que una de las cosas que más me duelen es haberte hecho
llorar. No olvidaré como te ibas y me marchaba, mientras te veía por el retrovisor... Me siento muy culpable por todo el dolor que te acarreé, a pesar de mis
propias heridas. Como tú misma me dijiste una vez, y lo siento de corazón
mientras escribo: perdón por haberte hecho daño a ti como persona y a nosotros
como pareja.
Eres especial. No sabes
lo maravillosa que eres. Estoy seguro de que, esté más o menos presente en
tu vida, florecerás y vivirás cosas que hoy te parecen inimaginables. Eres tan
bella y tienes un mundo interior tan rico que jamás podré verte como alguien
«sin más».
Aunque quizás ahora sea
el momento de despedirnos, quiero que sepas que aquí estaré, compartiendo el
mismo cielo estrellado y esa luna que tanto te fascina. Respirando el mismo
aire que llenan nuestros pulmones. No importa la distancia ni el tiempo; y
aunque quizás solo fuimos una lección en la vida del otro, eso, amor mío, solo
el tiempo lo dirá.



Comentarios
Publicar un comentario