Albert Einstein

"El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo Arte y Ciencia verdaderos". Albert Einstein.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nuestros Cielos

Durante toda la presencia del hombre sobre la faz de la Tierra, el cielo nocturno ha sido siempre para él una compañía y fuente de inspiración. Las estrellas son reconfortantes y parecen demostrar que los cielos se crearon para beneficio del ser humano. Esta patética vanidad se convirtió en la sabiduría convencional del mundo entero. Ninguna cultura estuvo exenta de ella. Algunas personas hallaron en los cielos una apertura hacia la sensibilidad religiosa. Muchos se sienten sobrecogidos y humillados por la gloria y la magnitud del cosmos. Otros, sienten el estímulo para manifestarse con el más exagerado vuelo de su fantasía.
            En el mismo momento en que el hombre descubrió la vastedad del universo y se dio cuenta de que aun sus más disparatadas fantasías eran ínfimas comparadas con la verdadera dimensión de la Vía Láctea, tomó medidas para asegurar que sus descendientes no pudiesen ver las estrellas en lo más mínimo. Durante un millón de años, los humanos se han criado en el contacto diario, personal, con la bóveda celeste. En las últimas décadas, gran parte de la población humana abandonó una forma rústica de vida. A medida que avanzaba la tecnología y se contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin estrellas. Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y estimulado el advenimiento de la era moderna de la ciencia y la tecnología. Sin darse cuenta siquiera, justo cuando la astronomía entraba en su edad de oro, la mayoría de la gente se apartaba del cielo en un aislamiento cósmico que sólo terminó con los albores de la exploración espacial.
Carl Sagan
Contact 1985


              Para saber más, leer: Carl Sagan: Una Historia Personal


Así es amigos míos, hemos olvidado lo asombroso que puede llegar a ser el firmamento, lo increíble que puede llegar a ser el cosmos que nos rodea. Hoy día vivimos preocupados por maquillarnos cada mañana, por falsear nuestra identidad cuando nos levantamos de la cama para caerles mejor a aquellas personas que apenas nos valoran y nos tienen en cuenta en sus corazones. Hoy vivimos en un mundo donde prima antes que nada lo que piensen los demás sobre nosotros mismos y nuestras vidas, que lo que verdaderamente queremos nosotros llegar a conseguir con el milagro que se nos ha dado. Ese es el mundo en el que vivimos, donde negamos la evidencia de la servidumbre y la pobreza, mientras tengamos opción de comprarnos el último Ipad que haya salido al mercado. Así somos, así es el ser humano. En eso nos hemos convertido. 
         Hemos renunciado al espíritu aventurero e inquieto que desde nuestros ancestros nos han hecho crecer como especie. Hemos olvidado aquello que hemos logrado alcanzar. Desde que el hombre es hombre siempre soñó con ser pájaro mientras miraba angustiado como las aves podían por qué no, llegar a alcanzar lo que el ser humano siempre anhelo, las estrellas. Y sí, queridos míos, conseguimos volar como ellos, como antes conseguimos conquistar todos los rincones de la Tierra, nuestro querido planeta azul. Pero eso no nos era suficiente para alcanzarlas, había que hacer una proeza digna de los propios dioses que las culturas allende los tiempos habrían podido venerar, y seguir siendo venerados. El ser humano, olvidó aquello que le hizo posible salir a recorrer el mundo, esas estrellas que iluminaban sus noches cuando las criaturas de la oscuridad acechaban para darles caza. Olvidaron. Y solo el ímpetu de poder de unos hombrecillos impulsó al hombre a mirar a los cielos. La guerra. Eso fue lo que quizás cambió en estos años pasados, impulsando un desarrollo industrial tan brutal que darían con los pies de los hombres en un cuerpo celeste que no era la Tierra, sino su bello satélite, la Luna.
            La codicia, la sed de poder es lo que nos mueve hoy en día, una vez demostrado el potencial de EEUU frente la URSS todo se desplomó. Hoy sólo avanzan aquellas ramas de la ciencia que pueden ser propicia para ser utilizadas en el campo militar. De hecho, esa fue la causa de la exploración espacial, esa fue la causa que generó las pruebas de los cohetes V2, para determinar su alcance, luego serían utilizados para enviar animales a la estratosfera, y más tarde en plena guerra fría sería cuando desarrollarían nuevas tecnología que darían con el hombre en la Luna a finales de los años 60.
            La gente miró al cielo sí, pero no por la magnificencia de este, no por el magnetismo que nos imprime, sino impulsado por el deseo de victoria sobre un enemigo común, mientras el mundo expectante veía como Armstrong pronunciaba sus primeras palabras como primer ser humano que besaba el suelo de otro “planeta”, muchos otros aplaudían inmisericordemente en sus despachos y se abrazaban por haber derrotado a su enemigo.

            Pocos somos los que levantamos la mirada cada noche a esos cielos estrellados y sentimos esa atracción por esos mundos que nos observan desde las alturas. Por esas historias que sin duda deben de haber sido contadas allá arriba. Por esos hechos que se han debido de producir o que se producirán. Porque en el fondo de nuestro corazón sabemos que le pertenecemos, que la Tierra no es más que nuestra querida nave, y que en sí el cosmos, el Universo, es finalmente nuestra casa. Hemos dejado de creer. Cooper tenía razón en Intetstellar (para saber más, leer: De Einstein-Rosen a Interstellar, Agujeros de Gusanocuando decía,

            “antes mirábamos hacia arriba soñando con qué lugar ocuparíamos entre las estrellas. Ahora miramos hacia abajo, angustiándonos con qué lugar ocuparemos entre el polvo”.

            Mirábamos. Ya no.

            Parafraseando de nuevo a Cooper, hemos olvidado quienes somos; exploradores, pioneros, no cultivadores, no esclavos de nuestros gobiernos… Hoy, sin embargo, pocos son los que se preguntan por cómo funcionan las cosas que queremos con tanta ansia, 7000 millones de personas en un “pequeño” planeta y quieren tenerlo todo aquí y ahora, y sin embargo son incapaces de comprender como funciona su móvil, su ordenador, su televisión... En cambio, son los mismos que critican el afán de unos pocos por intentar conseguir las cosas increíbles que al fin y al cabo habíamos siempre soñado, ¿por qué exploramos Marte en busca de agua cuando la gente muere de sed en nuestro planeta? Esas son las eternas preguntas lanzadas como dardos envenenados a los apasionados de la astronomía que hoy tienen que aguantar. Esos mismos hombres, son los mismos que descubren dispositivos para detectar más precozmente cualquier tipo de cáncer, los que hicieron posible que los satélites aleteen entorno al planeta y podamos sentarnos tranquilamente a ver la televisión acomodados en nuestro sofá, o los que nos permiten llegar sin muchos apuros a sitios distantes y desconocidos gracias al GPS… En eso nos hemos convertido.
            Nos han machacado para arrebatarnos nuestros sueños y de la manera más atroz posible, proporcionándonos luz, nuestras bombillas, nuestras casas, la falsa sensación final que sí que podemos vivir como un multimillonario y que por qué no, podemos llegar a vivir igual que ellos, el falso sueño americano inyectado como una aguja en la piel humana, descargado en nuestros corazones de manera impune, haciéndonos creer que todo lo que vemos es posible, que seremos ricos, que seremos lo que queramos ser amparados por la infección final de ese sueño surgido al otro lado del océano infectando todo el sistema nervioso, el mundo entero infectado por el capitalismo. Mientras, las luces de las ciudades por si alguien escapa a los efectos de la droga publicitaria que nos acecha en cada rincón, nos impiden ver nuestro sueño final, lo que siempre el ser humano anheló, la trascendencia hacia las estrellas.
            Apaguen sus teles por un momento, dejen sus móviles, salgan de las ciudades, diríjanse hacia los campos y praderas donde las luces no molesten, levanten su cabeza y díganme, ¿qué ven? ¿Qué sienten? ¿Oyen esos latidos? ¿Se te han erizado los bellos de los brazos? No tengas miedo, yo también lo he sentido, acompáñeme en este viaje hacia las estrellas que cada día se levantan ante nuestras miradas, en este viaje en el tiempo que iniciamos a su mitología, a su nacimiento, a nuestras creencias, en definitiva,  ¡conoce nuestros cielos!



Continúa en: Eclipse Lunar

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