Albert Einstein

"El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo Arte y Ciencia verdaderos". Albert Einstein.

martes, 24 de enero de 2012

La Singularidad

    La ambulancia volaba desesperada por llegar al hospital. Eran las 3:00 am y la vida de aquel joven perdía fuerza, su corazón hacía tiempo que había dejado de responder ante los estímulos de la vida, e iba a morir. Los médicos se afanaban en su deber de mantenerlo con vida, no era tarea fácil, pues sin corazón que bombeara la sangre de su cuerpo, los pulmones, habían llegado al colapso. 
    Tras una complicada intervención dentro de la propia ambulancia, la cual se hallaba repleta de aparatajes médicos, habían logrado extraer su inhabilitado órgano, y conectarlo a una máquina que por sí sola bombeara la sangre. El problema residía en que, dicha máquina sólo lo mantendría con vida durante un par de horas, pues era sólo un prototipo para viajes de trayecto medio con pacientes moribundos.


    Seguía en aquél lugar tan lúgubre, rodeado por la oscuridad, estaba furioso muy furioso, sabía que todo había acabado para él, que no habría un nuevo milagro que lo devolviera a la vida como con anterioridad sucediera. Comprendía que estaba muerto y todo había acabado para él, ¿pero... entonces, por qué estaba allí? Desesperado, se apropió de toda la ira que tenía dentro de él, si es que verdaderamente tenía cuerpo, o sólo deambulaba como alma en pena por ese extraño páramo, gritó con fuerza descomunal: - ¡¡¡ESTO ES LO QUE HAY!!! ¡¡¡ ES LO QUE NOS PROMETÍSTE!!! ¡¡¡DÓNDE ESTAS DIOS!!! ¿¡DÓNDEEEEEE!?-. Se rindió ante las tinieblas, y reposó en ellas.

    Abrieron la cámara frigorífica y sacaron de ella una nevera, en su interior se encontraba un corazón joven que había permanecido congelado mientras esperaba un nuevo dueño en el que dar la vida. Los médicos tomaron con sumo cuidado de cada una de las dos asas del recipiente y tras cerrar el frigorífico, echaron a andar. Pronto, aquél corazón, volvería a latir de nuevo.

    Quedaban tan sólo 15 minutos para que aquella máquina que lo mantenía con un pequeño y finísimo hilo en la vida, dejara de funcionar. Desde dentro de la nave médica se veían los hilos que hacía el agua cuando golpeaba las ventanas oscuras del vehículo. Estaba lloviendo a mares, y eso impedía aún más el tránsito por el cielo, se dirigían a máxima potencia hacia su destino, pero no daba más de sí, no lo lograrían jamás. 

   Se incorporó sin saber que hacer, sin saber donde o por donde transitar, todo era muy diferente desde la última vez que había vivido aquella experiencia, en aquel entonces sus piernas o lo que fuera, le habían guiado por un trayecto, no sabía quién era y sobre todo, no comprendía como había llegado hasta esa situación, pero en ese instante todo lo que fuera no era y aquello que era no fue. Creía, que al menos al morir podría estar junto  los seres queridos que en su día le habían dejado cuando este aún permanecía con vida, pero todo lo que había creído saber, todo cuanto le dijeron, parecía que era mentira. Se preguntaba que había podido ser aquella luz que vio la otra vez, ¿No era un puente hacia otra vida? ¿Y, si era de ese modo, dónde se encontraba ahora? No tenía ni la remota idea de cuanto tiempo llevaba sin vida, incluso llegó a sentir la esperanza de que al no advertir la presencia de aquella luz, volvería a la vida. Pero esta vez no, estaba vez se encontraba atrapado para siempre, no había esperanza alguna.

    Finalmente y ante una espectacular maniobra de aterrizaje y aún más si cabe pilotaje de la nave, consiguieron llegar hasta el hospital con el cuerpo casi sin vida del joven.
    Apresuradamente lo montaron en la camilla gravitatoria, llamada de esa forma por el hecho de que levitaba gracias a la fuerza gravitatoria de dos potentes imanes los cuales se encontraban en el dorso del aparato, estos se dirigían hacia el suelo, que se hallaba imantado por completo. Tras teclear unos números uno de los doctores que le habían acompañado en todo momento en el panel de control de la máquina, esta, salió disparada. El doctor veía con mirada apesadumbrada como se alejaba por el pasillo la camilla en busca de la sala donde sería intervenido.
       La sala en cuestión era totalmente blanca. En ella se encontraban dos cirujanos y el susodicho corazón, listo para ser implantado en un nuevo recipiente, en un nuevo cuerpo. Cuando entró la camilla se posó con suavidad sobre donde se realizaría la intervención. Una vez todo preparado y listo para la operación, los médicos abandonaron la sala y cerraron la habitación. Ellos controlarían en todo momento la operación desde una habitación colindante a la blanca, pero la verdadera intervención la realizarían pequeños robots con una precisión milimétrica bajo su supervisión.
       La operación fue mejor de lo esperado, los doctores vieron que poco a poco se iba recuperando, aunque seguía en coma. Había sido casi milagroso que aguantara todo el viaje, la pérdida de sangre fue excesiva, pero quizás su juventud le había permitido resistir contra viento y marea.
       Como ayuda supletoria en el combate contra las más que posibles infecciones que el paciente pudiera tener después de tan colosal operación, los doctores decidieron implantarle en el cuerpo, unos nanobots. Estos, harían la tarea típica de los glóbulos blancos en sus más que posibles enfrentamientos contra las bacterias y virus que se hallaran en su cuerpo. Todo parecía controlado, y el paciente permanecía estable, en una habitación donde para nada se descuidaba ni un sólo minuto su atención y como consecuencia su salud. En las horas en que los trabajadores del hospital descansaban, unos pequeños robots de no más de un metro y medio de estatura, se encargaban de vigilar a aquellos pacientes que se encontraban fuera de peligro. No obstante aquellos que se encontraban en constante ir y venir entre la vida y la muerte permanecían constantemente tutelados por personas, que se iban turnando para este hecho.
        Iban pasando los minutos, las horas, los días, y el joven muchacho permaneció solo, sin ninguna visita más que la de los doctores, en su vuelta rutinaria para ver el estado de los pacientes. Siempre conectado a un aparato muy sofisticado que media sus pulsaciones y por un encefalograma que permitía a los diversos doctores ver como evolucionaba el paciente. Las pulsaciones del chico eran bastante débiles aunque no alarmantes, debido a la recuperación del órgano, y como cogía pulso nunca mejor dicho, de nuevo, al gusto de la vida. Por otra parte la intensidad bioeléctrica cerebral no había variado ni un ápice desde su entrada en el coma, y los doctores empezaban a preguntarse si algún día despertaría. Lo que hacía que permanecieran con esperanza era el hecho que tras los dos primeros días desde su hospitalización, habían ido retirándole gradualmente el respirador con éxito, eso quería decir que el cerebro seguía ahí, realizando sus funciones para con el resto del organismo. En un principio se temieron la muerte encefálica o como es más conocida, muerte cerebral. Pronto la descartaron, por el simple hecho de que respirara por si sólo el sujeto. Esta acción alejaba dicha teoría pues, cuando una persona se constata que ha entrado en un proceso de muerte cerebral, inmediatamente pierde la capacidad espontánea de respirar y sólo a través de un respirador que aporte el oxígeno se puede mantener vivo. También se podía saber gracias a que no necesitara ayuda externa para respirar que el cuerpo había aceptado al órgano invasor, el nuevo corazón. Gracias a todo esto se pudo corroborar que el tronco cerebral no estaba dañado ya que de estarlo era incompatible con la vida, y de este modo los doctores se tranquilizaron algo más. Sin embargo, el cuerpo seguía sin dar respuesta de vida aparente ante las diversas pruebas a las que era sometido.
          Pasaron de este modo once semanas desde que fuera intervenido, y todo seguía igual, pero al séptimo día de la décimo segunda semana las pulsaciones se aceleraron violentamente y su respiración se hizo muy irregular, esto hizo saltar las alarmas en todo el cuadro médico que lo atendía, sin embargo uno de los robots dio como predicción que el paciente estaba soñando. Uno de los médicos que andaban por allí constató que los registros electroencefalográficos (EEG) eran de frecuencia irregular y de amplitud baja, similares a las que se observaban en las personas despiertas, rápidamente su mirada fue a parar a los ojos del joven, y sí, como era de suponer, los ojos, bajo los párpados cerrados, se movían rápidamente y al unísono, el sujeto estaba soñando, y había entrado en la fase REM (rapid eye movement). Posteriormente al acontecimiento se procedió de nuevo a realizarle nuevas pruebas, y esta vez respondió a parte de los estímulos a los que fue sometido, pronto despertaría. El doctor hizo una aparente mueca de felicidad disimulada por su gran bigote y perilla, que ocultaban en gran parte su boca.

         Era sólo una idea que se encontraba en ese lugar, pero de pronto, notó un temblor, su estado de invernación había terminado, hacía eones que no notaba nada en aquel lugar, que no fuera frío y soledad. Quería averiguar que era aquello que había sucedido. Al cabo de un rato creyó escuchar algo, ¿un sonido? ¿O quizás fuera una voz humana? Era imposible pensó, no tenía constancia de cuanto tiempo llevaba en ese lugar, pero de seguro pensó, que más de lo estrictamente necesario para volver a la vida, era imposible que hubiera escuchado algo. Mientras realizaba estas elucubraciones se produjo un nuevo temblor aún más violento que el anterior ¿Que estaba sucediendo? Y esta vez sí logró escuchar algo con nitidez, era una voz, no sabía que decía ni de donde procedía, pero era tenebrosa y no tenía ni un ápice de bondad.

         -¡Vamos, ponerle la mascarilla, por Dios!- Su primer día de pruebas en el hospital y se encontraba con eso, el robot que debía de estar atendiendo al paciente había sufrido un cortocircuito, no sabía muy bien porque y había desatendido al pobre muchacho, que al poco tiempo había sufrido una pequeña parada cardiorrespiratoria, su nerviosismo inicial, fue poco a poco disminuyendo cuando llegaron dos doctores para ver el estado en el que se encontraba el chico y tomaron las riendas de la situación.
          -Has estado genial muchacho-. Respondió el doctor de mayor edad el cual tenía el pelo plateado, una tez morena y unos ojos azules cristalinos que resplandecían bondad- Puedes dejarnos, ya nos encargamos nosotros, gracias de nuevo-. -Sí-. No pudo por más responder el jovenzuelo que salió disparado de la habitación.
          -Tómale las pulsaciones Rudolf, parece que ha llegado el momento de traerlo de vuelta junto con nosotros, probablemente por un momento haya despertado al mundo real y se habrá llevado un shock-. Sentenció el anciano doctor. -Parece mentira que lleve en este estado diecisiete semanas, de las cuales en las últimas cinco se había constatado una gran mejoría, no obstante nunca creímos que volviera a despertar-. Intervino Rudolf mientras se afanaba en estabilizar al chico. - Y que lo digas, cosas peores he visto en mi vida en hospitales, personas que decían haber vuelto de la otra vida y miles de suposiciones, quién sabe en donde habrá estado este joven estas ultimas semanas, y que traerá consigo, pero está claro que su momento no había llegado- Reflexionó el anciano y seguidamente dijo:- Suministrale una dosis de adrenalina-. Así lo hizo su ayudante.

         -¿Quién eres, donde estas?-. Gritó con cierto tono de desesperación. Pero todo lo que le respondió fue un lúgubre silencio y después, todo se condensó y explotó en el temblor más fuerte que hasta entonces se había producido, se sintió atrapado y como si le asfixiaran. Perdió el conocimiento si es que verdaderamente tenía conocimiento.

         La luz fue entrando poco a poco entre sus párpados, al principio le hacía mucho daño, sin embargo algo o alguien se interpuso entre sus ojos y la luz que irradiaba del techo de la habitación y mitigó ese daño. Parpadeó un par de veces y logró ver dos figuras. Debían de ser personas, pensó. Una era muy alta, debía medir cerca de los dos metros, la otra poseía una estatura más normal, pudiera tener el metro ochenta, a la cual por su silueta creyó reconocer. En su oído se emitía un pitido agudo que no cesaba, pero al cabo de los minutos pudo aliviarlo. Notaba que respiraba sin dificultad alguna, y se dio cuenta de que se hallaba conectado a una bombona de oxígeno, ciertamente no sabía como había llegado allí.
          Al cabo de un rato, cuando vieron que poco a poco se iba recuperando, el veterano doctor, se le acercó y le dijo: -Bienvenido de nuevo Ules-. Le sonrió dulcemente. El chico, derramó un par de lágrimas y vio con esperanza su bonita sonrisa que se perdía bajo la mata de pelo que formaba parte de su bigote y gran perilla. Luego cayó rendido en un dulce sueño.

         -Hola Tedh-. Dijo el encapuchado ser que se erguía ante él en tono sarcástico y tenebroso.
         -¿Quién eres y como sabes mi nombre?-. Respondió este perplejamente y con un tono desafiante.
         - Que más dará lo que sea, ni como me llame, ni siquiera el como se tu nombre, la pregunta más acertada sería ¿que haces tú aquí?-. Respondió tajantemente y sin miramientos.
         - Eso es lo que quisiera saber yo, ¿qué es este lugar, dónde estoy?-. El "humanoide" pudo notar una nota de tristeza en el tono, y rápidamente contestó:-¿Sabes lo que es una Singularidad?-.

Continúa en: Destinados a Morir

2 comentarios:

  1. Gracias!! =) Es una historia que espero seguir contando y evolucionando me alegro que te guste!! =) Mil gracias!! =)

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